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"Los conflictos en el ámbito familiar con niños y adolescentes generalmente derivan de dos vertientes: la comunicación y el manejo de los límites"

16 de febrero de 2018

Minerva Atenea Ojeda es psicóloga, profesora-tutora del Centro Asociado a la UNED en Pontevedra e investigadora del Grupo GIES10 de la Universidad de Vigo. Experta en violencia juvenil, impartirá junto a las psicólogas Iria Calleja y Carla María Teixeira, el curso Escuela de familias II. Una conspiración educativa que arrancará el próximo 16 de febrero en el Aula UNED de Tui. 

Recientemente El Mundo publicaba un artículo cuyo titular afirmaba lo siguiente: el éxito (o fracaso) o fracaso académico de un niño empieza por sus padres. Pero, sin embargo, hay familias implicadas cuyos hijos no logran adaptarse al sistema académico. ¿Qué explicación podemos darles?

El éxito o fracaso escolar no está determino por los padres. A menudo se implican mucho en la educación de sus hijos, pero no siempre de la manera más adecuada. De hecho, hay casos en los que los padres están más implicados que sus propios hijos. Creo que uno de los fallos está en intentar que el niño se adapte al sistema escolar y no que éste se adapte al niño. Aunque, independientemente del sistema escolar y de la adaptación del niño, hay un elemento que sí es determinante para el éxito académico, y éste es el deseo de aprender. Aquél que quiere aprender es capaz de hacerlo con padres o profesores, sin ellos y a pesar de ellos.

Por lo tanto, creo que la pregunta más adecuada sería: ¿qué hacemos los padres o profesores para que el niño quiera seguir aprendiendo? Si quiere aprender, tendrá éxito en prácticamente cualquier sistema académico, si no, difícilmente conseguiremos que termine la educación obligatoria.

En el mismo artículo se indicaba que la educación ha sido el único gasto que ha aumentado en los hogares en tiempos de crisis. ¿Estamos cada vez más comprometidos con la educación de nuestros hijos?

Si, puede interpretarse así; sin embargo, yo creo que esta tendencia va más de la mano del miedo y la incertidumbre que produce la situación actual en el mundo, a nivel laboral y social. Antes, estudiar la educación básica era suficiente para conseguir un trabajo que te diera para vivir, mucho mejor si estudiabas una carrera, esto además te daba prestigio; pero actualmente, los cambios son tan rápidos y nosotros tan lentos para entenderlos que lo único que vemos es que nuestra preparación ya no va a ser suficiente para nuestros hijos, ahora queremos llenarlos de habilidades para que no se queden fuera del juego, dejando de lado algo tan importante como las habilidades sociales, y haciéndoles parte del estrés que se vive a nivel social. La competitividad cada vez crece más y a edades cada vez más tempranas se exigen ciertos “talentos” desarrollados para poder acceder a ciertos colegios, cursos de verano, etc. 

Según una encuesta de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD), el 40% de los progenitores reconoce no saber manejar los conflictos de convivencia familiar. ¿Qué falla?

Los conflictos en el ámbito familiar con niños y/o adolescentes generalmente derivan de dos vertientes: la comunicación y el manejo de los límites.

Cuando entendemos por comunicación el simple hecho de cuestionar a nuestros hijos ¿cómo les ha ido?, ¿dónde han estado? y ¿con quién han estado?; entonces podemos decir que ahí hay un fallo; porque la comunicación requiere retroalimentación, no es sólo cuestionar, sino compartir el día a día de todos, expresar emociones, frustraciones y dar seguridad en el sentido de “aunque no esté de acuerdo con lo que dices, siempre puedes venir y expresar lo que piensas y sientes”; eso no garantiza una comunicación efectiva, pero sí que marca una diferencia.

Por otro lado, el manejo de los límites es importantísimo para poder evitar y superar los posibles conflictos en el ámbito familiar; cuando establecemos límites establecemos las normas del juego, el rol de cada uno, lo que se puede considerar una falta grave (como las faltas de respeto, subidas de tono) y sus consecuencias, así como las responsabilidades de cada uno. Si no logramos establecer esto en casa, las relaciones pueden complicarse tanto que pueden generar un círculo de violencia que requerirá una intervención externa paras poder modificar la dinámica. La falla, para mí, radica en cualquiera de los dos puntos o en ambos. 

En el curso os centraréis en la etapa adolescente, momento vital duro y difícil para las relaciones padres-hijos. A menudo, los expertos señalan que son los padres los primeros que deciden desconocer los conflictos graves con sus hijos para evitar el choque. Los limitan al ámbito doméstico, al manejable. ¿No lo hacen al temer la confirmación de sus peores sospechas?

Bueno, supongo que la mayoría de los padres que niegan -prefiero este verbo al de desconocer, porque en realidad no necesitan confirmación de sospechas- los conflictos graves de su hijo lo hacen para evitar un señalamiento social, es decir, en el momento en que yo padre reconozco que mi hijo tiene conflictos graves, en ese momento pongo en duda mi ejercicio como padre o madre, tanto a nivel personal como social. Es como un mecanismo de defensa donde solemos siempre buscar culpables y evitar tomar la parte de responsabilidad que nos toca y delimitar la responsabilidad que nuestro hijo tiene.

De un tiempo para acá eso es algo que se repite mucho en revistas, programas de televisión, cursos, todos hablan de que hay que enseñarles a los niños y adolescentes a ser responsables; pero no se ejerce: Hay tanta sobreprotección que los padres están pendientes de si los niños hacen o no los deberes, les resuelven cada problema que tengan en la escuela y en cualquier ámbito, no les permiten desarrollar habilidades sociales de resolución de conflictos, y, lo peor de todo, es que no les permiten desarrollar ese sentido de responsabilidad, de decir.: “yo lo hice, yo asumo las consecuencias”; ahora se protege de manera errada la autoestima del niño evitándole cualquier tipo de confrontación, sea responsable de ésta o no. Todo esto, para mantener una imagen de familia ideal en el ámbito social funciona muy bien, hasta que pasa lo que tiene que pasar, el niño sale al mundo real y empiezan los graves conflictos, y el niño, que no pudo desarrollar sus habilidades sociales, de confrontación, de resolución de conflictos, se ve indefenso, carece de resiliencia, y cae en círculos de cualquier tipo de adicción, ya sea de sustancias, de hábitos, o forma grupos con personas en circunstancias similares que recurren a la violencia para sentirse seguros. Entonces los adultos miramos para otro lado y decimos: es que se juntó con gente mala, si era buen chico. Pero todos esos chicos malos, eran buenos chicos, pero no responsables.

De acuerdo con el promedio de distintas encuestas, el 23% de los adolescentes y jóvenes es infractor y negativo; medio millón admiten haberse emborrachado al menos una vez al mes; cerca del 30% consume cannabis; el 3,6%, cocaína; el 53% de las chicas que practican sexo entre los 15 y los 19 años no usa anticonceptivos, etc. Qué se esconde detrás de estas cifras: ¿incapacidad familiar o una sociedad en crisis?

Las estadísticas son importantes cuando se conoce bien el contexto en el que han sido tomadas. Además, también dependen mucho del lente con el que se les mire. Dicho esto, creo que en la actualidad se juntan dos cosas, un miedo terrible de los padres a caerle mal a sus hijos, a que estos se enfaden con ellos, que podría considerarse una “incapacidad familiar para poner límites, para generar tolerancia a la frustración y al sufrimiento en general de los niños y adolescentes” - entiéndase “sufrimiento” como algo completamente subjetivo, no como un sufrimiento real y una sociedad caótica, donde los valores están trasmutando -no necesariamente para el mejor desarrollo humano-, donde se premia y se da espacio en los medios a la ignorancia, a la falta de respeto, a la desacreditación, donde rige la ley del mínimo esfuerzo y la máxima recompensa. Dejando de ser importantes, las profesiones, los estudios, la honorabilidad, la tolerancia y la educación. Es decir, tenemos una sociedad que adolece, como los adolescentes, en busca de su nueva identidad ante tantos cambios sociales y económicos. Y mientras sucede eso, todos los que formamos parte de ella, sufrimos este proceso.

Creo que lo que se esconde detrás de todas estas cifras, es miedo, miedo a lo que pasará mañana, miedo de unos padres que no saben si tendrán trabajo y transmiten esa angustia, miedo de los adolescentes a no ser aceptados y no querer crecer para no ser parte de las estadísticas de desempleo, miedo a tenerse que ir a buscarse la vida. En definitiva, lo que se esconde detrás de esto es la incertidumbre que nos ha ido invadiendo los últimos 10 años.

Este curso repite después de una exitosa primera edición. ¿Qué se han llevado los participantes de aquella experiencia y qué consideras que puede ofrecerles ésta?

En la primera edición nos centramos más en conductas problemáticas, casos concretos que proponían los participantes e intentábamos dar con soluciones concretas. Creo que lo que más podríamos destacar es que logramos trasmitir el mensaje de que hay que confiar en nosotros como padres permitiendo que nuestros hijos se equivoquen, aunque lo pasen mal, que esa necesidad de controlarlo todo, evita el desarrollo y la independencia de los niños, que, si nosotros los padres nos encargamos de todo, entonces, no podemos esperar que sean adultos responsables, no en la manera en la que estamos entendiendo el concepto de ser “buen padre o buena madre”.

En esta nueva edición el enfoque es distinto; se busca que los padres, profesores y/o tutores cambien esa idea tan terrible que se tiene de la adolescencia y se den cuenta que si entendemos que todos (escuela, padres y adolescentes) tenemos el mismo objetivo con relación al éxito del o la adolescente, entonces más que complicaciones e historias de drogas, alcohol o suicidios - tema tabú en estas y todas las edades-, tenemos unas personas que solamente necesitan amor, aceptación y apoyo para convertirse en personas sociables saludables, responsables y felices. Eso sí, el objetivo es profundizar en estos temas para que los asistentes sepan detectar cuándo realmente nuestro hijo/a o alumno/a tiene un problema real y cuando es sólo un hecho aislado. Además, queremos que todos los participantes sepan identificar los talentos de los jóvenes, para qué son buenos, aunque esto no necesariamente implique que sea lo que más les apasione, pero que seguramente será en lo que pueda sobresalir y tener éxito.

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